Si afirmamos que esa pequeña parte de la obra de Dios, el hombre, es perfecta...

23/06/2017 - Publicaciones

al estar nosotros, como seres humanos, involucrados no sólo como jueces críticos sino también como parte, llegamos a la situación absurda de creer lo que afirmamos y sentirnos, además, confeccionados, producidos o creados a imagen y semejanza de nuestro Creador. ¡Qué disparate! Disparate aunque pensemos, como algunos piensan, a fin de salvar un poco este error, que dicha imagen y dicha semejanza se dan, efectivamente, en nosotros, pero aminoradas, reducidas de tamaño, con menor capacidad y, por supuesto, con menor poder. Y…sin duda que es así, mientras nos encontremos, movidos por el pensamiento, siguiendo sin distraernos, la trayectoria concerniente al camino que conduce a la perfección. Pero para ser coherentes, debemos decir que nuestra perfección radica en la capacidad de disposición con la que hemos sido dotados, dirigida hacia nuestra perfectibilidad. Capacidad de superación otorgada, al ser humano y sólo al ser humano, por Dios ya que ella forma parte de nuestra naturaleza.
El ofrecimiento a Dios y a los otros hombres de los logros siempre positivos, obtenidos en la concreción de esa búsqueda innata, tiene un fundamento muy concreto: Por de pronto concreta el ofrecimiento considerándolo motivo de orgullo. Para demostrarles, a ambos, que cuando cualquier ser humano, con pleno dominio de sí mismo y a sabiendas, se preocupa por alcanzar algo considerado justo, lo conseguirá, simplemente porque la conjunción de las circunstancias unidas a la potencia del deseo expresado en la acción, en la mayoría de los casos, lo torna posible. Por otra parte, se hace necesario afirmar que el ofrecimiento de cada ser humano, a sí mismo, respecto de esos mismos logros deseados con vehemencia y obtenidos siempre, habrán de concretarse no sólo como prueba testimonial de la existencias del sentido que una causa puede otorgarle a la propia vida, sino, además, para que, luego, ese ser humano anhelante, pueda dar fe, por experiencia propia, de la existencia de la felicidad, ya que ella es, precisamente, eso que algunos denominan “goce interno”. Indescriptible sensación a la que se llega solamente estando en continuo estado de alerta al servicio de esa causa considerada trascendente, justamente porque su efecto (ofrecido), de alguna manera, consiguió salir para llegar a otros.
Amanda Patarca.

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