MILANESEANDO.

10/03/2019 - Publicaciones

La milanesa, luego de conocerse innumerables testimonios de hechos
parecidos, producidos por su causa; incluído el que, mucho tiempo después, también a mí me
ocurrió, debido a ella, se plantó, muy ufanamente, dentro del imaginario colectivo,
representando al factor generador, primordial por excelencia, del encono más profundo que
pueda existir sobre la tierra, entre una nuera y su suegra. Eso así, según mi actual leal
entender y el de muchas. Viva o no viva, este binomio, en una misma casa.
¿Cómo explicar lo que quiero decir y que tiene, a su vez, mucho que ver con lo que a mí me
ocurrió?
Por de pronto, no veo la necesidad de responsabilizar a esta inocente concreción carnal
proveniente de la criatura humana, porque ella, debido a la simple característica de pertenecer
a la categoría de cosa material, no nos va a responder, como lo hacen, de manera normal, los
responsables. Pero creo, sin embargo, que aunque, sin necesidad de relacionarla con la moral
o el derecho, contaminándola con el pecado o con alguna culpa, para endilgarle el rol de
inaceptable o de delincuente, ella ya se ha constituido, sí, en merecedora de la más feróz de
las sanciones: la de ser destruída por aplastamiento. Como la que hace ya tiempo le apliqué
yo, sin miramientos, ni disimulos. Y lo hice tal como lo hacemos todos con una cucaracha, en el
instante de matarla apresuradamente, sin detenernos a constatar si se encuentra aún con vida
o detenida horrorizada, con las patas para arriba. Porque si la aplastáramos mientras está
corriendo, la circunstancia, considerada distinta, nos llevaría, igualmente, a lo mismo: a
aplastarla, demostrandole al mundo que, cuando de aniquilar o destruír se trata, en ciertos
casos no nos permitimos detenemos en excepcionalidades. En fín… La cucaracha, sabemos
todos, es insalubre, la milanesa, por el contrario, no lo es. Y ¿¡qué otra cosa decir de ésta, la de
este comentario; la prodigada rebozante de todo tipo de nutriéntes, de la cual me estoy
ocupando, consternada!?
A nuestra milanesa, la que yo sí podría tildar de culpable irresponsable, aunque sepamos todos
que verdaderamente no lo es, luego de padecer el encono de mi parte, por su existencia
olorosa y crocante como una medialuna de Proust, sólo le restó morir enfilzada en la loza del
plato estampado contra el piso, al lado de la alacena, entre el banquito y la escalera. Y todo
esto le ocurrió a la pobre después de padecer otras tantas penurias, sufridas, todas, durante su
confección. Me refiero al apretujamiento compulsivo de su carne, con el cabo del hachita, para
conseguir su blandura; al baño pegajoso en huevo revuelto, impregnado en perejil picado y ajo
y, lo peor: su posterior cocción en aceite o grasa hirviendo o encerrada en un horno caliente a
moderado; eso, en el mejor de los casos o a temperatura de más de trescientos grados, por
algo más de diez minutos, de lo cual no puedo dar más detalles porque ahora, a esta altura de
las circunstancias, no recuerdo de qué manera concretó la cocción.

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Algunos como yo dirán como dije entonces: que muy bien destruida estuvo. Pero, claro, mi
suegra alegó lo contrario. No sólo dijo que eso fue una animalada de mi parte, porque ella era
una buena mujer que se había hecho más de cuatrocientos kilómetros para darnos una
sorpresa sino porque, además, las milanesas desarmadas, malheridas y desparramadas como
estaban, nos miraban desde el piso cual cucaracha horrorizada o ratón en ese mismo trance.
Aquí debo hacer un alto para confesar, nobleza obliga, que no se trató de una sola milanesa
sino de cinco y agregar, además, el condimento que le está faltando a la dramatización de esa
situación altamente conflictiva. Me echó en plena cara, en presencia de su hijo y los chicos, los
que ya se encontraban sentados a la mesa, esperando, lo que nunca debió haber dicho: que
habían sido hechas con la receta exacta que su mamá, antes de morir, le dejó expresamente a
ella, por escrito.
Ese, su hijo; su único hijo, mi ahora ex marido, después de la cachetada que me plantó del
revés en pleno rostro, cuando al instante se levantó electrificado, pegando un portazo
desapareció. Todo pasó mientras ella, la innombrable, la iniciadora del descalabro, proseguía
explicando lo que ya nadie quería saber: que a esas milanesas no les faltaba nada; que eran
perfectas y que las había hecho para que, de alguna manera: ellos, su hijo, ¡el único!, recalcó;
y sus nietos, se dieran cuenta reconociendo lo que, de por sí, esas milanesas testimoniaban.
Ese apetitoso manjar no fue hecho para vos, que por ser mi nuera sé muy bien que no me
querés. Para ellos fue hecho. Por los cuales, prosiguió sin parar de llorar, ella se mantenía con
vida, a esa altura de sus años. Aunque dentro de la soledad más espantosa.
Ahora, yo sola y sin marido, no me pregunten por qué, y con dos hijos adolescentes que criar;
los cuales me piden siempre que haga las milanesas con la carne machacada con el mango del
hachita y maceradas en huevos batidos, con el agregado de mucho ajo y perejil picado, trato
de justificar mi antiguo arrebato preguntándome lo que todavía no le dije a nadie: ¿Porqué,
aquel día, un segundo antes de ese bochornoso escándalo, se le habrá ocurrido, a esa mujer,
mi ex suegra, ya fallecida, ¡pobre!, confesarme, justamente a mí, que había venido, entre otras
cosas, a enseñarme a hacer las milanesas, porque su hijo las extrañaba?
FIN
Amanda Patarca.

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