LA CHOLITA (Cuento - Monólogo).

10/03/2019 - Publicaciones



"Tengo nombre: Margarita y apellido: COLIQUEO.
Por eso en el mundo cuento.
COLIQUEO el de mi madre.
AUQUIN que es el de mi padre llegó tarde, no lo llevo".


I

Hoy no sé que pasa con mis lágrimas. Tengo los ojos como si fueran de vidrio. Más que de vidrio de hielo, por lo mojados. Sin embargo se niegan a llorar, como si ellos ya hubieran conseguido la resignación que yo entera no alcanzo a recobrar. Es que mis ojos, ubicados un poco más allá de este momento, más bien trágico, así lo siento yo, pudieron ya, por suerte para mi, mantener dominada la calma que sólo se recobra cuando se anda. Y ellos, así parece, se me adelantaron. Mi cuerpo se niega a andar. Tal vez por eso sufra así, no sólo sin lágrimas sino en silencio y a solas. Pero....qué otra cosa podría hacer yo, una simple cholita boliviana del altiplano norteño, llamada eso sí, Margarita Coliqueo, en estos tiempos que hoy nos tocan, tan difíciles de vivir, como siempre dice mi papá. A mi mamá no puedo agregarle más tristezas. Demasiadas son las que viene cargando desde que yo nací, cuando recién cumplidos los trece casi se murió por lo flaquita. Y como no puedo ni debo transmitirle mi disgusto -por este largo viaje que parece voy a tener que hacer- me lo aguanto. Guardándomelo, hasta que la rabia y la impotencia me hagan vomitar el miedo y termine, si todavía sigo estando aquí, arruinándoles todo. Si, arruinándoles, porque de explotar repentina e impensadamente, seguro que no viajaré a China con el Embajador y entonces habré dejado de cumplir no sólo con los mandamientos que la "integración" impone a todos, como dice él, sino también con las inconscientes expectativas de los de mi raza, que esperan volver a verme el día del regreso con la mente -que para nosotros es la otra parte del alma- renovada Y a mi persona, toda, quizá no tanto transformada en "ganadora", ya que estamos hablando del regreso a Sudamérica y de una latinoamericana, sino en algo así como "un poco más vencedora que vencida" o sea casi "occidentalizada". Como, así dicen, le está sucediendo desde un tiempo a esta parte a toda esa cantidad de gente allá, en Hong Kong, adonde sin duda iré‚ sólo para darle el gusto a mi papá, el que con mi sueldo, que le será girado puntualmente mientras yo viva allí, hará sin dudas maravillas para bien de los que yo quiero con todo mi corazón, tan sólo por llevar en mi interior parte de esa sangre, la de nuestra pobre raza y hablar, tal vez, con las pocas palabras con que nuestra propia lengua, la Kechua, se viene manejando, desde tiempo inmemorial. Por todo lo que para nosotros eso significa, no voy a olvidar nunca lo que mi mamá me dijo cuando, después de mucho pensar y sin mover siquiera un solo músculo de mi cara -tal como el aborigen debe hacer en circunstancias como esta- les contesté que iría. "Te toque hacer o decir lo que creas correcto o lo que las circunstancias te obliguen a hacer o decir", me dijo, "No olvides nunca que la dignidad que nuestra gente ha debido mantener escondida por siglos para evitar la delación, nos representará desde tu persona, donde quiera que te encuentres y aunque termines integrándote cumpliendo con lo que ellos nos vienen pidiendo."
II

Camino por las calles de Hong Kong como una más. Lo vengo haciendo todos los días desde que llegué. Me gusta mucho esta ciudad y especialmente la cara de su gente. Tal vez porque no encuentro diferencias. Me parezco a todos. Mi cara redonda, mi piel olivácea y mis ojos rasgados me ayudan. Sin embargo me miran mucho porque mi pollera de colores y mi poncho y por sobre todo mi sombrero colorado de ala corta, llaman demasiado la atención. El o la acompañante de turno impuestos por orden del Embajador no se cansan de sonreír, ni yo tampoco porque ya me di cuenta de lo ridículo que resulta aquí mi moda. ¡Bah! Ridícula porque nadie se propuso imitármela. Si alguien lo hiciera... la cosa cambiaría, quizá. Cada uno hace aquí lo suyo a su manera. De todos modos no me la pienso sacar. El sombrero y el poncho cuando el verano me obligue, tal vez. Pero la pollera... ni pienso.
Hoy me habló a solas el Embajador, me ponderó la comida del medio día y el postre que hice ayer. Es que cuando quiere quedar bien conmigo me dice que me parezco a mi papá y que en esto de cocinar, a mi padre no hay quién le gane. Y cuando me estaba yendo, roja de vergüenza porque mis dieciséis años todavía no aprendieron a esconder ni a simular, me dijo que ya era hora de que empezara a vestirme de otra manera porque su situación allí lo obligaba a ciertos protocolos, a los cuales yo también me encontraba sometida. Mañana, me dijo, irás con mi mujer a la mejor tienda y elegirás con ella un traje con pollera, de ser posible angosta, como las que las mujeres usan aquí. O Tal vez un vestido. Vos verás. Comprarás también los accesorios que hagan falta. Y menos mal que en seguida explicó eso de los accesorios: algunos collares... aros haciendo juego... medias color carne... zapatos con algo de taco. En fin, vos sabrás. Desde mañana deberás vestirte de acuerdo con la moda occidental. ¿Entendido? Y... ¿Qué le iba a contestar?

III

Y me vestí, ¿ven? Se me ve como a otra pero... yo sé que soy la misma. Aunque no. En cuanto a educación y modales la cosa pasa por una profesora que nos han puesto a todos aquí para aprender inglés y cultura general. Ya conocemos las tablas pero no las quisimos aprender de memoria porque sabemos manejar a la perfección la maquinita de calcular. De la computadora ni hablar, en un mes nos dieron la base completa como para conseguir administrar no solamente la casa del Embajador, sino también parte de su oficina del Foreign Office, así se dice. Me encanta. Y me parece que hay muchas cosas de este mundo que me encantan. ¿Me estaré olvidando de quién soy? A mi mamá le escribí la semana pasada y le pedí que me contestara en kechua como pudiera. La pobre no sabe escribir bien, pero le dije que pusiera las letras como para poder pronunciar tal cual se habla. Que ni pensara en signitos. Ahora estoy esperando la respuesta aunque sé que le va a costar un poco eso que le pedí. La semana que viene cumplo diecisiete y me están preparando una fiesta. Entre nosotros, pero fiesta al fin. En la casa del Embajador somos quince así que...

IV

Estoy leyendo la carta que me escribieron mi mamá y mi papá juntos. Si pudieran leerla aunque fuera un poquito llorarían conmigo. De alegría, como lo estoy haciendo yo en este momento. ¿Se imaginan? Me ponen: "x*x/(x|x#x x#x* x:x([. x*xy).[+|x" "Querido tierno pimpollo nuestro "x*xù).[+|x x#x* x:x([. x*x/(x|x#x" "No podemos dejar de pensar en vos, nuestra cachorrita. La que con nuestra bendición se ha ido del nido viajando hacia tierras lejanas. La ignorancia de la distancia nos imposibilita tomar conciencia de la cantidad de horas que hacen falta para concretar tu regreso o un abrazado encuentro, aunque más no sea". ¡Huy! ¡Que lindo! ­Y cuantas letras tuvieron que juntar acomodándolas a todas como para darles el sentido que le dieron! ¿Alguien los habrá ayudado? Digo... a ubicar las palabras... Para que ordenadas digan lo que me están diciendo. Es realmente muy hermoso recibir una carta como ésta. Les contestaré inmediatamente porque no se merecen sufrir ni un minuto esperando mi respuesta. Y la terminaré como ellos seguramente desean que yo les firme, aunque ya me sienta adulta para hacerlo: x#x* x:x([. x*xù).[+|x -** . -##" "Tierno pimpollo de mamá y papá". Con la misma frase. Eso sí, no podré nunca enviarles fotos porque no me reconocerían metida dentro de esta ropa.

V

Bueno. Pasaron casi dos años. El tiempo suficiente, así parece. El Embajador trajo ya los pasajes. Nos volvemos el lunes. Cuando pienso en el viaje que me espera y que cumpliré mis dieciocho años sobre el océano Pacífico me viene -como decía el negro Insaurralde en su lengua toba- un escalotibio, el que por ser templado, cuando el cuerpo lo genera le permite a una seguir manteniendo por un rato largo esa clase de sensación mucho más placentera todavía que la que produce el otro, el escalofrío.

VI

"El escalotibio se relaciona con el amor", me dijo en voz baja, hace sólo un momento la esposa del Embajador. Ella es casi poeta, por eso tal vez la quiera tanto. Lo extraño es que lo dijo mientras reinaba entre nosotras, como siempre, el más absoluto de los silencios. Y luego agregó: "También se relaciona con las raíces que en mi - por ser mujer y amarilla y de barro sulfuroso, parecen querer hundirse cada día más en las profundas entrañas de la tierra".
Con mi pensamiento al descubierto, inmovilizada y sin protección alguna me quedé mirándola sin siquiera pestañear, unida como estaba fuertemente a su instinto. El fulgor del indicio recientemente generado -aceptado con fuerza de revelación- al quedar instalado en mi alma sólo buscó, a partir de ese instante, hacerme pensar continuamente en ellos. Aquellos seres míos tal lejanos. Entonces ocurrió el prodigio. Fue cuando a la relación con las raíces le encontré similitud con nuestra flor. Y la glicina, concreta realidad allí instalada ya estaba compartiendo conmigo su mensaje como lo viene haciendo cada año con todos, desde que apareció en el mundo. "Hundiendo mis raíces en la entraña"... ella me decía, "genero bajo tierra la energía que la memoria pide." Y prosiguió como en un susurro: "Y lo hago para conseguir concretar dos cosas: endurecer mi tronco haciéndolo crecer actuando desde abajo y ordenar con trenzados mi enredado ramaje".
Hoy, al fin, conseguí por ella saber quién soy y a que vicisitud fui destinada.
"Que soy por ser mujer"... así me dijo. "Contenedora del líquido sagrado generador caliente de frustraciones. Tan vivas como sucesivas."
Tan sucesivas y vivas como inconscientes, agregué yo, por mi propia cuenta. De mi raza india, altiplana-coya, norteña, andina o sub andina no sé. Pero que, como la glicina, hoy pretende crecer, desde la oscura raíz de su enterrada estirpe.

VII

No sé que pensará el Embajador. Tampoco sé si seguiré trabajando con él cuando lleguemos, pero lo que sí sé y muy bien es que ya se me ha hecho imposible volver atrás. Por eso primero tiraré‚ los aros y los collares. Así. Luego todos los vestidos. Suavemente envueltos, como amortajados. Para que no se ensucien y puedan ser usados por la que tenga la suerte de encontrarlos. ¡Son todos tan finos!...También tiraré‚ la valija. Total ¿para que la quiero? Si no tengo qué poner adentro. Viajar‚ sin equipaje. Tal cual como vine. No dejaré ni me llevaré nada. Nada quiero que sufra por mi ausencia. Tampoco quiero que algo sufra por tener que padecer un exilio. Esta ropa y estas cosas son de aquí. Entonces aquí se quedarán. Como deben quedarse siempre en su lugar las piedras que, habiendo formado parte de la tierra alguna vez, se encuentran ahora diseminadas sobre su superficie. Eso decía mi sabio abuelo que quedó atrapado para siempre en un derrumbe, pobre...
Y mi papá que trabajó con él en la mina mucho antes de ser cocinero en la Embajada, repitió luego tantas veces eso como hizo falta para que yo no me lo olvidara, jamás. Y volviendo a las piedras del abuelo, tiempo después, unos pocos días antes de que yo viajara, mi papá absolutamente convencido volvió a referirse a ellas con una larga frase, que viene repitiéndose continuamente de generación en generación y que es tan triste como hermosa. "Ellas que son inofensivas -tal vez por su incapacidad para moverse-" dijo, "para llegar a ser felices deben siempre permanecer acompañadas por las otras piedras -sus iguales aunque no lo parezcan-. Como recuerdo... una piedra aislada sólo habría de servirnos para terminar de entristecer aún más el lugar donde se la ubique". Y ahora les pregunto entonces yo a ustedes: ¿Nunca vieron llorar a una piedra solitaria apoyada sobre un mueble?

Bueno... Creo que tendré que maquillarme un poco la nariz. También los ojos. Para disimular el llanto. Ahora sí. Me pondré la pollera de colores... Huy, ¡qué linda había sido!
La blusa blanca... ¡Que bien planchada está!. Así. Los zapatos chatos, negros. éstos, ¡Mis queridos! Y que brillo mantienen. El poncho y el sombrero.
Ya vienen a buscarme. ¡Sí! ¡Ya voy! ¡Un momento! ¡Un sólo momento, por favor!
Ya estoy lista. Descorro el picaporte, abro la puerta y... ¡Adiós Hong Kong! ¿Que les pasa? ¿Por qué me miran de esta forma? ¿No me vieron llegar así vestida, acaso?
De aquí no soy, ni voy a ser nunca. Lo supe en cuanto pisé esta tierra extraña. De ustedes no voy a ser tampoco, estoy segura. De ninguno. Ya hablo inglés, manejo con destreza filmadoras, computadoras, calculadoras y hasta una agenda diplomática, la del Embajador. Navego cuando quiero en Internet. También cocino. Para eso fue que vine, así de sencillito pero ya ven, una tiene que aprender de todo en esta vida tan difícil, como dice mi papá. Por mis rasgos me confundieron siempre. Suponían, sin dudar, que yo era nativa de aquí. Eso resultó muy positivo. Pude mezclarme, llegando a parecer una más de las tantas mujeres que en Hong Kong viven. Y... sin embargo... hoy sé que soy de allí. Que soy de ellos. Por eso vuelvo así. Para que nadie dude.

FIN
Amanda Patarca

Volver