EL RITUAL (Cuento)

10/03/2019 - Publicaciones


Estábamos allí desde el atardecer. Habíamos estacionado, como de costumbre, todos juntos en un pequeño descampado ubicado frente a la plaza, desde donde la desincronizada llegada a los distintos vehículos, de cada uno de los viajeros, anotados en las listas, la mayoría mujeres adultas, se facilitaba por la existencia de una distancia mínima, y, como decían los choferes, sin tener que mover, a cada rato, las combis de su lugar, después de haber encontrado ese pacífico sitio y de haberlo defendido por considerarlo privilegiado. Los viajeros, esos que terminaban, de esa manera, extremadamente desincronizada, sus respectivas jornadas agotadoras de actividad consecuente y obligada, salían, casi huyendo de su centro casi clandestino de congregación. Todos ojerosos y cansados, aunque algunos, unos pocos, se los veía llegar felices al vehículo; contentos y exaltando las bondades de ese día, referido como absolutamente distinto a los anteriores. Y otros, la gran mayoría, tristemente abatidos y hasta perturbados. De tal modo llegaban por lo que acontecía adentro, que su desazón los hacía expresarse de manera muy extraña. Tanto, como para transmitir a quién oyera sus balbuceos, que se encontraban pensando seriamente en el suicidio. ¡Y todo, por pasar al menos cinco horas encerrados allí! Mucho, decían todos, mostrando gran preocupación. Los choferes, durante ese tiempo de espera, dormíamos, leíamos, tomábamos mate y cada tanto estirábamos las piernas caminando lentamente por los alrededores. No existía diálogo entre nosotros y eso que muchos habíamos sido contratados por la misma empresa. Todas, de entre las muchas que aquí estacionaban, sus vehículos, incrementaban potencialmente sus ganancias a medida que más personas se enrolaban, inscribiéndose, para tomar parte del ritual laborioso que tenía lugar diariamente en ese recinto, a pocos metros de donde habíamos encontrado ese predio prolijo y tan privilegiado, por su ubicación, como para defenderlo, no moviéndonos de allí. Aclaro que para llegar hasta aquí, desde donde todos veníamos, teníamos que recorrer cincuenta quilómetros, por ruta pesada y por demás estrecha.
Como estaba solo y todavía no había huido nadie, hacia la combi. Dejé mi libro sobre el asiento delantero y cerrándola completamente, desde afuera, con el control remoto, caminé hacia las luces del lugar, dispuesto a entrar para constatar, yo mismo, lo qué pasaba adentro. Y saber, de buena fuente, lo qué sentiría al tomar parte activa. Dostoievski, desde el silencio de su personaje que, seguramente, ya estaría durmiendo sobre el asiendo delantero lateral, me había convencido de que lo hiciera. Tenía muy pocos pesos en el bolsillo. Lo suficiente, me dije, para un neófito agnóstico, devenido en remissero por la crisis y para colmo budista por convicción. Los cambié. Me dieron cinco fichas que distribuí teniendo en cuenta los cumpleaños. Allí caí yo, entrando, también, mi mujer, mis hijos y mi ex. Con mi mamá, de la que me acordé después, cuando escuché, claramente, pero desde otra zona, su fecha, perdí. Más tarde, siempre desde allí, desde donde comenzó todo y me encontraba, duplique ese importe y al cebarme lo tripliqué. Volví a apostar al mismo cumpleaños ganador y a perder las veces que lo hice nuevamente. Y seguí con los otros, hasta que ¡por fin! pude reencontrarme, nuevamente, con las fichas representativas de los pocos pesos que al llegar tenía encima. Algo como mariposas volaban a mi alrededor. No supe, ni sé, ahora, ni quise saberlo nunca, si eran mariposas o repelentes murciélagos, recién nacidos. Sólo sé que pensaba en el dinero que debía llevar a casa y en la suerte que tuve por haberme detenido, después de lo sucedido.
Al llegar a la combi, un compañero al que no conocía porque, repito, en ningún momento nos hablábamos, extrañado me preguntó: -¿Así que fuiste a jugar?
-No, le contesté, un poco avergonzado. Me jugué sólo unos pocos pesos, pero los recobré. Los tengo en el bolsillo.
- Ya me parecía, porque nunca te había visto entrar. Me dijo. Y agregó -Yo no juego. Alguna vez jugué por moneditas, pero ahora no. No se debe jugar. Y menos nosotros, los distribuidores. Dostoievski en el libro El jugador, con las situaciones que nos brinda lo dice un poco mejor. Y me quedó mirando.
Quedé tan pasmado que no pude contestarle. Le mostré el libro que venía leyendo, de a poco, en las esperas y me sonrío feliz. Yo, no lo podía creer. Era el mismo que él estaba referenciando. Un libro ejemplificador. Recordé y le dije que los budistas dicen que las cosas no ocurren por algo, sino para algo. El “por” es siempre concerniente al pasado, el “para” es esperanzador, porque se refiere al futuro de lo que sea, aunque lo hayas hecho o cumplido.
-Y decime, prosiguió. ¿Cómo calificarías a todas estas personas que transportamos todos los días, y que toman su actividad como un trabajo, una obligación de la cual no se pueden desprender?
- Son viciosos, como lo son los drogadictos, le contesté seguro; sin dudar.
-Entonces nosotros somos dealers, me contestó. Y eso no me está gustando nada. Como católico, te lo digo. Somos los intermediarios entre los fabricantes y los consumidores. Esto que hacemos, de traerlos, a todos, hasta aquí y luego llevarlos a sus casas, muchas veces destrozados, no me cae bien del todo.
-A mi tampoco. Por eso al tentarme, probé, sí, acepto que probé y me lo reprocho, pero pude escaparme, por suerte. Y esto te lo digo, también, como budista que soy, le respondí.
-Y, entonces, ¿por qué estamos aquí?
-Porque no tenemos otro trabajo y trabajar hay que trabajar. En lo que sea. Eso creo. Si no lo hiciéramos…
-Pensamos igual. Sí, sin dudas, es así Trabajo hay poco. Hace tiempo que escasea y yo ya tengo más de cincuenta-.
Y no pudo decir nada más. En ese momento aparecieron varias señoras, hablando en vos alta, caminando en grupos, el trayecto desde la sala iluminada en dispersión masiva, parecida a una estampida relentada, hacia las combis. Se juntaban para comentar su suerte, separándose luego y reincidiendo en ese vaivén de oleaje sosegado; de abanico femenino con despliegue de olas. La risa de varias, luego de cada frase pronunciada en tono alto, bien de señora adulta contenta, se escuchaba, a veces, demasiado estridente, Y eso, pese al infortunio de las más calladas, perdedoras, seguramente.
Ambos pudimos escuchar frases completas:
-Y pensar que hoy, por ser el día de la madre, casi no vengo. ¡No se iban! Te aseguro. ¡Ninguno de mis hijos se quería ir! Más, mis nietos me pidieron quedarse en casa, hasta cerca de la madrugada. No sé lo que tenían que hacer a las dos o tres de la mañana. Creo que concurrir a una fiesta programada. ¡Y ya tenían las pulseras puestas! Después no sé qué pasó. De golpe decidieron irse todos. Al cerrar la puerta y quedarme sola, persignándome miré el reloj y recién entonces supe que hoy vendría. ¡Menos mal que se fueron, me dije!
-Si…, menos mal, si no, no hubieras ganado como ganaste y yo no hubiera salido favorecida, recobrando lo mío, y ganando casi al cierre, con los números que me diste.
-¡Si, muy bien!… contestó otra. Muy bien, por todo eso que cuentan, pero yo sé y con certeza, que ustedes hoy, no ganaron tanto como para resarcirse de lo que perdieron la semana pasada. Y quiero agregar, algo. Les cuento que yo tampoco sabía cómo hacer para viajar, porque la combi, ya estaba ahí y se me iba. No podía desligarme de mi cuñada que viene casi todos los días a casa, para que le enseñe a tejer crochet. No sabía cómo decirle que hoy también tenía arreglado el viaje. Seguro que Iba a contar, por ahí, que soy una empedernida.
A lo que otra agregó: Díganme, sinceramente ¿Somos o no somos viciosas y empedernidas, además; o como queramos llamarnos? El mes pasado ¿no nos quedamos tomando mate y hurgando en lo más profundo del frízer, los cinco últimos días del mes?
-Sí. Tenés razón, contestó la más callada, sonrojándose. -¡Y menos mal que somos pensionadas, todas! Agregó la más optimista y luego de un largo suspiro, continuó. -Hace muy poco, sin ir más lejos, dos o tres meses atrás, nomás, yo me pasé la última semana comiendo sardinas con rodajas de cebolla. No me quedó ni una lata. Esto último lo dijo tratando de subir a la combi a los codazos, antes de arrimar la puerta, de un golpe y haciéndola deslizar, para cerrarla, a los tirones.
Ya estando en marcha, nos miramos los dos y sin palabras nos saludamos sonrientes. Con nuestros brazos izquierdos, agitándose fuera de las ventanillas, nos dábamos la razón: -¡Somos dealers y seguiremos siendo si ésto no se arregla! Ah! Me olvidaba de los más importante: quién los traerá a todos mañana y pasado? No te avisaron que durante dos días, a partir de mañana, las trafics de la empresa no saldrán porque la inflación le ganó a sus ganancias? Escuché su frase y le contesté como pude que no, que no estaba enterado pero que buscaría la forma de saber la precisa. Pero que estaba seguro de que los traerían los que se ocupan de que el turismo no decaiga. -Entonces, le escuché gritar mientras tomábamos caminos opuestos: ¡la Intendencia, la Intendencia debería arreglar este absurdo empresarial! ¡Esta huelga no es nuestra!
-Somos dealers y rehenes, pero… ¡Qué podemos hacer! “Mei parai que peshu”, como decía mi Nona la piamontesa. Sí, “mejor así que peor”. Tomé velocidad insistiendo en lo mismo. “Mejor así que peor”, murmuré.
Amanda Patarca

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