Tributo-homenaje a Marta de Paris

10/03/2019 - Publicaciones



I )
Con tu música nos acunamos todos;
en tu regazo aprendimos tu canción.

La soledad… No se instala en las Diosas, pensé, mientras reías muy bien acompañada.
La soledad no es ruido ni silencio, ni ruido de silencio.
Ni suma de espacios en momentos vacíos.
Tampoco es un momento sucesivo, ni el espacio vacío en un momento.
La soledad es un cúmulo en el tiempo de fuerzas invisibles desatadas por el viento.
-¡Para que los poetas y escritores nos deleiten! Te escuché decir, acercándote.


II )
La gloria, ese pasillo oscuro y despoblado, por el que sólo Dios transita, te está
desconcertando.
Sin embargo, tranquila, tanteas las paredes para encontrar las llaves de sus luces
porque sabes que entraste tomada de su mano.
No todo fue placer en ese gran recinto amurallado en donde te has movido.
Pero los resplandores de sus pasadizos existentes entre tantas salas
transitadas, todas, sobre la zona directriz marcada por la sangre de tu sangre
-algunas raudamente siendo joven, otras con calma sosegada de baqueana idónea
correntina-
te otorgaron los dones necesarios para hacerte comprender lo incomprensible.


III )
Con el alma exaltada;
con la piel y el sentido del tacto instalado en el punto crucial del inicio;
sofocando prejuicios;
con los ojos abiertos, el cuerpo anhelante y el olfato, el oído y el gusto expectantes;
con el cuerpo extenuado,
ubicado en función del valor del servicio real aportado a tu obra concreta
-enraizada en las sombras de antiguos anhelos de gozos soñados-
por la cual, unánimemente, tus fieles amigos, ya emitieron juicio,
te entregas, consciente, al placer secreto de aquel transitar siendo niña,
por la infancia cierta de siestas pausadas, las que milagrosamente hoy vibran aquí,
entre la hojarasca de este otoño de oro tan actual y activo como el de Corrientes.

La nostalgia… Esa cosa oscura que queda prendida en la memoria
y que el recuerdo agita para escuchar su voz que es sólo el eco de un canto;
sonido eviscerado, angustiado; letanía luctuosa y funeral; agitación profunda…
Entonces… Es allí. En ese mismo instante cuando, deteniéndote para mirar fijamente, de
reojo, el suelo, te preguntas:

¿Será realmente así?
La nostalgia no existe, te dices. ¿O sí?
Pero…Fue tanto el fruto dulce y renovado que la vida me dio y me sigue dando que…
Insistes: ¡Mi tiempo no se inclina en sus altares!


IV )

Y… Nunca se sabe… lo dices afligida viendo llegar a Valery de Francia, trayendo
sus consignas.
Nunca se sabe nada, es cierto; él habla de un cantar. Del cantar de la obra que llega a
ser de arte.
¡El dice que ella canta en todas partes! ¿Será verdad que ella canta cuando goza
porque entrega cantando su alegría?
El silencio, tornándose insistente te obliga a preguntarte ansiosamente, en medio de la
bruma:
¿Escucharé, yo, cantar a mis palabras con voz de obra de arte, henchidas de placer en su alegría, algún día, en alguna parte?


V )
Cuando el culto es pagano se torna irremediable ocultar remordimientos.
Marta no es Diosa. Sin embargo, ubicados sus lectores en la cima de su estrella
nos informan, desde arriba, que ella es más; que es mucho más que un faro indicador
de orientaciones.
Sabemos que no es Diosa.
Pero… Observándola así, tal cual la vemos, inmersa en su trabajo: erguida, segura,
convincente y sola;
asomada al espacio, ubicada de pie sobre su propia sombra protectora,
junto al borde extremo de esa amplia superficie iluminada;
prestándose consciente a oficiar de redentora de todas las mujeres
olvidadas, oprimidas, violadas, ultrajadas… sometidas;
sepultadas, todas, en los profundos pantanos oscuros de la historia,
haciéndolas brillar al rescatarlas íntegras, con luces de escrutinio convergentes
solo a ella confiadas -para entrar en los abismos- como lo ha hecho siempre,
debemos afirmar y con razón en grado de potencia indiscutible, que si aún no lo es,
hoy, en virtud del genuino poder natural aferrado a su Gloria, merece serlo.

Amanda Patarca

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