CONFLUENCIA MÍTICA (Díptico)

10/03/2019 - Publicaciones

(A modo de conjetura: Esa forma extraña de pensar que genera la mente para comprender ciertas actitudes.)




I.- INICIACIÓN
Ay… sugestión…Te insto.
Acércate a esta casa sin demora;
aguardando escondida unos instantes detrás de los balcones de cemento
trepados a sus muros centenarios, de tono inconfundible,
hundidos sus cimientos y ocultada su raíz enmarañada frente a esta plaza fuerte
que por vibrar en sintonía con su historia, me regaló un país de gente triste
para que lo gobierne hasta cambiar su suerte
gozando, por el tiempo de mi vida, la experiencia renovada del disfrute repetido de este ahora.

Es este atardecer tan rosa aquí; tan irradiante y claro el cielo abierto y despejado
-preanunciando la aurora indefinida que intuyo interminable,
desplegándose insistente dentro de su obstinada zona oeste, fulgurante y caliente
que lo asumo sintiéndolo soberbio, consistente, concreto y desmedido como mi ambición
y tan real y apacible como la de ella, respecto de mí amparo milagroso.

Ay… sugestión… te intuyo cerca.
Apúntale, con voz de tramoyista, desde el foso, eso que lleva adentro y que debe sacar de sus entrañas
pronto,
para que todos la escuchen sin cansarse nunca, aplaudiendo cuanto se le ocurra
y aceptando todo lo que diga, sin considerarla condenada, a secas.
Convéncela para que deje de pensar que eso que exprese será considerado, por los otros, que también
son muchos,
sólo mera ficción llegada desde afuera, prodigada con hermosas palabras memorables.
O como el salto al vacío de la mujer que es: enardecida y vital, frente a su público,
a la hora de entregarle el cargamento de su propia irrealidad;

Ay… sugestión…
Apúntale con voz de tramoyista la verdad; aquella que, por fin, quiera escuchar:
No sólo que es hermosa y elegante sino algo que exprese mucho más:
-¿No escuchas, todavía, los bombos que redoblan aquí abajo?-
Apúntale al oído, desde el foso pegado al de la orquesta…
que por ser fiel a su hombre y amable y cariñosa con su “pueblo”, que juró ser leal,
la función, su función, la que anuncie su nombre con luces de neón y marquesina;
la que fusione sus mundos, con los que sola extraiga, improvisando, un solo objeto de emoción
habrá de comenzar, forzosamente, donde se encuentre reunida nuestra gente; nuestra buena gente
y ella, mi mujer, ya con nombre y apellido contundente, esté sintiendo a solas,
lo que intuitivamente concentrada o por instinto sienta.
Sin valerse de textos pre escritos en papeles, sin ayuda de nadie,
sin libreto estudiado de memoria, ni siquiera guión.

Ay… sugestión… ¡No te demores! ¡Acelera tu paso!
¡No hay tiempo que perder! ¡Llega pronto, por Dios! ¡Te estoy necesitando! ¿Cómo decírtelo?
Ay…Si pudieras convencerla, al ubicarte cerca, de que esto que nos pasa no es un sueño…
descartaríamos del mundo y de esa gente la palabra “ficción” que entraña, para ella, su calvario:
esa idea postergada de escenario, actuación, premios, giras, ensayos desvelados, aplausos, éxitos…
ovación.

Hay…
Si las voces exaltadas de este pueblo mío que, en este instante, ruge, debajo de mis pies,
pudieran transmitirle sus deseos frustrados, padecidos, hasta hoy escondidos y todo lo que yo sé …
Si por medio del soplo sugestivo que imponga tu influencia trabajada por vos a fuego lento en su
garganta,
lograras que escuchara, sólo un eco…
el eco lejano de su infancia dolorida… sufrida y maltratada, ya ahogada y sumergida, con todo,
en la bruma sombría, asentada en los profundos abismos de su alma
de actriz talentosa, desprovista de avales, con promesa en espera de su entrega inmediata
a la enorme platea del Gran Pueblo Argentino ¡Salud!,
imaginado, aquel día, al salir de Los Toldos, brutalmente rendido y postrado a sus pies…
¡Que deslumbrantes y estables podrían resultar aquí las cosas, desde ahora y con ella para siempre!

*****

(A MODO DE RAPSODIA: Les prometo, desde mi sitial de obrera, que los ayudaré con mi asistencia, siempre. Y con toda la fulgurante fuerza espiritual que mi alma de repartidora justa, genere. Me encuentre donde me encuentre...-

II.- EL ABRAZO PODEROSO

Gloriosamente grande es mi país
¿Porqué no probar suerte?
Y me volví a dormir, hasta que desperté en mi cama, como siempre.
Pero un día me fui.
Cuando me despedí, llorando su tristeza en la cocina, tapándose la cara de vergüenza, mi madre
preguntó:
¿Adónde está el país gloriosamente grande
como para tentar allí la prueba de tu propio desafío con la suerte?
¿El país? ¿Mi país? Él está aquí… ¿No lo ves pegado a mí aplaudiéndome, debajo de mis pies?
Y, bueno, nada más… En el final, una última sonrisa logró disimular su frustración, .

Tal vez por lo liviana, levanté sin esfuerzo la valija, de cuero simulado,
-en donde entre mi ropa, ocultos, a oscuras, y apretados
buscaban entenderse mis anhelos de fama con mis ganas-.
y juntas y hasta amigas, tomadas fuertemente de la mano,
y moviéndonos sumidas en el más funeral de los silencios, llegamos hasta el tren…
que se apuró en salir. Y me volví a dormir, como lo hacía siempre,
hasta que desperté, cuando cesó el vaivén, estando, ya, muy lejos de mi cama.

Eso ocurrió exactamente aquí; en esta plaza, cuando, alguien, con vos aguardentosa y sugestiva
de viejo tramoyista entabacado, rozándome las sienes con su brisa asombrosa,
hablándome al oído de muchísimas cosas, desde el foso cavado
detrás de los balcones de esta casa entrañable, dejando que su boca se enredara en mi pelo
para ocultar allí la entrega de su aliento, en su desasosiego me decía:
¿Escuchas el clamor de esa gente? Ellos, ahora, no sólo quieren verte;
los de abajo te quieren conocer. Que salgas al balcón ellos te piden,
tal vez porque ya saben que fue él, el que asumiendo su empresa con tu ayuda,
amparándote, enlazando su alegría con tu amor, logró cambiar tu suerte.

Escucha, Escúchalos muy bien. Dicen que por venir de un pueblo pobre
no le tendrás ya miedo a nada. Y que por ser mujer, y muy fuerte
no temerás al amor, ni al éxito, ni al dolor por tu destierro. Ni temerás más al odio,
Ni al oscuro rumor inquietante, convertido en funesto presagio, coronado de angustia.
Ángel negro, verdugo sin armas, murmullo acallado de voces fatales preanunciando el día de tu joven
muerte.

Ellos, allá abajo, te requieren. Te requieren y ahora.
En este mismo instante piden que seas vos la que maneje su suerte.
Que te asomes. Que les hables a tu antojo, sin mostrar preparación.
Ellos tampoco son sabios… Son obreros. Sólo saben de repartos. No esperan tu erudición.
¡Te querrán hasta el delirio! Ya verás

Y fue, entonces, aquí, debo decirlo, mientras pensaba, a solas, detrás de este balcón,
bajo este atardecer tibio y soleado, de cielo abierto claro y despejado, sobre esta plaza-urbana, tan rosa
hoy.
cuando, una ráfaga de aliento sugestivo, llegada desde el foso,
desprendida de la boca del viejo tramoyista, apuntador,
rosando suavemente mis oídos anudó, sin dejar prueba, con la fuerza de una Alianza Nueva,
mi reconciliada realidad actual, con la tensión en espera de este instante crucial.

Y es así que, ante ustedes, a los que observo quietos y expectantes,
bajo este atardecer tan rosa aquí, tan irradiante y claro;.
disfrutando la fragante brisa de este octubre obrero, leal y manso como las veredas de esta plaza fuerte.
Bajo un cielo celeste y despejado; siendo feliz como jamás lo he sido. Me siento distinta:
La enérgica fuerza del Poder de Dios, ya se encuentra circulando por mi sangre.

Y ahora sí: Amigos míos, compañeros de ruta y de infortunios, como ven, aquí estoy, asomada al balcón,
dispuesta a presentarme unida a ustedes para que juntos, codo a codo, en la alegría, nos unamos a él.
Como se darán cuenta, desde donde me miren, les estoy diciendo, como puedo, lo que va saliendo de
mí.
Y con la carga a cuestas del inocente y triste eco convincente, que hoy quiero compartir,
para que se enteren, por las voces murmurantes de mi infancia silenciosa y dolorida
que tanto como ustedes, yo también fui maltratada... marginada…humillada y suprimida.
Y, con el tono agravado de mi voz encendida, siempre opaca y afónica,
quiero decirles lo que todos saben: Que los quiero. Que los quiero hasta la muerte, como lo quiero a él.

No sé si alguna vez sintieron frío en una gran cocina, yo sí.
En donde, sólo si el fuego se encendía, se llenaban los platos porque había comida.
No sé si alguna vez sintieron miedo, mucho miedo, yo sí.
Al comprobar, como lo hice, que eran muchos los que pretendían
desplazar de mi centro la sagrada razón de mi vida.
¿Llegarán, alguna vez, ustedes, a percibir lo que sentí, hasta ahora,
para estar, aquí, disfrutando, juntos, de esta fiesta nuestra?

Viva el Pueblo Argentino y ¡Salud! ¡Porque esto, recién empieza!

Amanda Patarca.

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